La evolución de los organismos vivos se caracteriza por tres grandes transiciones. El nacimiento de las células procariotas (las bacterias), la creación de células más grandes dotadas de núcleo (eucariotas) y finalmente la aparición de organismos complejos o multicelulares.

La primera transición es un misterio. La segunda arroja un poco más de luz y la tercera es otro enigma.

La ciencia se hace las siguientes preguntas: ¿qué ocurrió para que las células eucariotas se organizaran y crearan formas de vida tan complejas? ¿Cómo surgieron realmente los seres pluricelulares?

A día de hoy, se manejan varias hipótesis como la fagotrofia (unas células se comen a otras), la asociación para protegerse de depredadores y algunas más. Sin embargo, todas ellas son débiles e incapaces de explicar esta formidable mudanza.

Para comprender la magnitud del misterio de la vida tenemos que visitar uno de los sistemas más sofisticados de la naturaleza: la molécula de ADN. Este prodigio de la evolución se encuentra en todas las células del organismo y contiene las instrucciones que utilizamos para desarrollar nuestras funciones vitales. Dicho de otra forma, se encarga de sintetizar las proteínas que constituyen literalmente la fábrica de la vida.

La cantidad de información que contiene una molécula de ADN y la eficiencia con la que procesa los datos son sencillamente asombrosas. Su complejidad es tan grande que su origen no se puede explicar por un proceso de selección natural. En 1983, el astrónomo británico Fred Hoyle escribía lo siguiente:
 
El ADN es una colosal obra de ingeniería. Pensar que los aminoácidos de una célula se puedan unir por azar y formar esta estructura tan compleja equivale a creer que un tornado pueda pasar por un montón de basura que incluya todas las partes de un Boeing 747 y provocar que accidentalmente se unan y formen otro avión listo para despegar.

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Javier Revuelta

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