La principal causa por la que no podemos dejar de sufrir es porque no sabemos cómo gestionar el dolor interno. Por un lado, nadie nos ha enseñado, y por otro, le tenemos mucho miedo.
¿Por qué razón nos causa tanta intranquilidad? Existen dos motivos:
1. Lo percibimos de forma desproporcionada.
El dolor emocional y psíquico que padecemos es imaginario. Esto quiere decir que depende más de los mecanismos de defensa que hemos utilizado para protegernos a lo largo de nuestra vida que del estímulo concreto que lo desencadena.
Normalmente sentimos que todo se desmorona porque algo externo lo provoca. Quizás el jefe no nos ha felicitado después de un trabajo bien hecho, nuestra pareja no ha correspondido como esperábamos, nuestro equipo de fútbol ha perdido o nos han subido los impuestos.
El estímulo puede ser externo o interno (un pensamiento, un dolor físico…), pero la causa de nuestro malestar reside siempre en el inconsciente.
2. A medida que reprimes el dolor, lo vas acumulando.
El resultado son «bolsas de sufrimiento» cada vez mayores. El dolor sigue siendo el mismo, pero la coraza que lo aísla y te protege de él se hace más robusta. Esta dinámica provoca que la percepción se distorsione.
Dicho de otro modo, cuando eras niño, el dolor era abrumador, pero ahora que eres adulto, aunque en realidad sea leve, tú lo percibes de forma desproporcionada.
Crees que es más grande que tú (o que no te pertenece), como si fuera la Hidra de Lerna a la que Hércules derrotó en la mitología griega. Piensas que no eres tan fuerte como para vencerlo y que las cabezas del monstruo volverán una y otra vez a regenerarse cada vez que las cortes.
Si supieras que el engendro maléfico del que tratas de huir eres en realidad tú mismo defendiéndote de tus propios fantasmas, actuarías con más serenidad y sin miedo.





