Muchas personas están tan aferradas a la imagen que han construido del mundo y de ellas mismas que consideran la muerte un desenlace definitivo. Como si fuera un «agujero negro» en el que todo se acaba. Otras la perciben como algo terrible que hay que evitar a toda costa. También hay quien opina que ocuparse de ella en vida es absurdo y que ya habrá tiempo de dedicarle atención cuando llegue el momento. Algunos no la temen en absoluto y la tratan como si fuera una nimiedad. A otros les asusta tanto que la han silenciado y se han vuelto hipocondríacos. Mucha gente asocia la muerte con la decadencia, la degradación o el declive de la vida. Eso les asusta o les incomoda. Tienen miedo a lo desconocido, a perder a sus seres queridos y al dolor físico asociado a la muerte.
En cualquier caso, las personas que tratan de ocultarla, trivializan sobre ella o la sobrevaloran, lo que ponen de manifiesto es el miedo que tienen a experimentar su propia espiritualidad. El escritor y orador indio Jiddu Krishnamurti afirma que la necesidad de entender la muerte como un suceso que nos conduce más allá de la vida procede de nuestra incapacidad para vivir el momento presente.
En la dimensión física percibimos la existencia como una serie de acontecimientos de carácter lineal que transcurren desde el pasado hacia el futuro. Esta ilusión nos provoca la sensación de continuidad a través del tiempo de modo que, para intentar que no se interrumpa, necesitamos conectar la vida con la muerte. Si fuésemos capaces de vivir en el presente, la muerte sería tan solo un acontecimiento más de la existencia y no precisaría ser explicada.
En condiciones naturales, los animales y las plantas la experimentan sin traumas. ¿Has visto morir a algún animal en la naturaleza? Simplemente se queda inmóvil y se deja apagar. En la Tierra hay tantísima belleza porque hay mucha muerte. Los comportamientos instintivos típicos de protección, reproducción, huida, alimentación y agresividad implican el desarrollo de formas, colores y movimientos tan diversos que a nuestros ojos se revelan como algo prodigioso.
Se cuenta que, en el siglo pasado, un turista americano fue a la ciudad de El Cairo, en Egipto, con la finalidad de visitar a un famoso sabio, muy anciano. Cuando fue recibido, se quedó muy sorprendido al ver que el anciano vivía en un pequeño cuarto muy sencillo. Los únicos muebles que tenía eran una cama, una mesa, un banco y una librería llena de libros.
—¿Dónde están tus muebles? -preguntó el turista.
El sabio le miró con suavidad y respondió con otra pregunta:
—¿Y los tuyos?
—¿Los míos? -se sorprendió el turista-. ¡Pero si yo estoy aquí de paso!
El anciano comenzó a reírse y al terminar le dijo con firmeza:
—Yo también.
Morir equivale a cambiar de plano vibratorio. Es el final de la vida, pero no es el desenlace definitivo de la existencia.





