En relación al proceso que sigue a la muerte física, uno de los aspectos más significativos es sin duda la enorme libertad creativa con la que nos vamos a encontrar.

El hecho de que todo lo que vivamos sea un reflejo directo de nuestra realidad interior resulta, a priori, fascinante. Es como si poseyéramos la lámpara del genio de Aladino: con solo pensar o desear algo, lo creamos de manera inmediata.

No obstante, también entraña sus riesgos porque la calidad de las experiencias que vivimos en el astral no está determinada solo por aquello que pensamos. Lo que define su aspecto son las emociones y los sentimientos que poseemos. Asimismo, no es tan fácil cambiar de frecuencia, pues todo se manifiesta al instante y con una intensidad mucho mayor que en la Tierra.

En este plano permanecemos allí donde nuestra base emocional y mental dominante nos sitúa.

Si, por ejemplo, una persona es muy religiosa y cree que antes de subir al cielo tiene que pasar por un juicio, quizás fabrique una enorme sala de espera. Permanecerá allí esperando a que alguien le dé permiso para pasar al cielo. Sin embargo, como esto nunca sucede, se quedará estancada junto a otras almas afines que estén vibrando en su misma frecuencia. Si un guía se acerca para recordarle que es ella misma la que se tiene que dar ese permiso, quizás piense que es un demonio que quiere tentarla y lo rechace.

En la literatura espiritual se habla de cielos artificiales o de falsos reinos para referirse a estos lugares. En ellos, las almas asumen distintos roles e intentan vivir de acuerdo con lo que han imaginado en su vida terrenal.

En general, las personas que siguen dogmas religiosos muy rígidos suelen proyectar una idea fija de cómo debe ser la realidad y tratan de vivir de acuerdo con ella. Están plenamente convencidas de estar en posesión de la verdad y tienen fuertes convicciones sobre lo que está bien y lo que está mal. De esta forma, no tienen que enfrentarse con sus miedos ni liberar su dolor interno.

El problema es que las emociones negativas que reprimen a lo largo de su vida van a condicionar sus experiencias post mortem.

En este caso, es muy probable que el cielo que imaginaron mientras estaban en este mundo no se parezca en nada al lugar que ellas mismas crean al morir. Entonces pueden sentirse decepcionadas, tristes o incluso enfadadas.

Para estas personas es muy importante soltar en vida la rigidez de sus creencias. No tienen por qué desprenderse de ellas, pero necesitan abrirse a la sabiduría del corazón y aceptar que solo son convenciones, ilusiones útiles para avanzar por la vida, pero en ningún caso verdades absolutas.

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Javier Revuelta

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