Cuando, por ejemplo, se ha cometido un genocidio, el dolor y la huella que quedan en el alma colectiva son muy profundos. Tanto que se necesitan varias generaciones antes de poder «mirar» a las víctimas para sanar el daño infligido. En cierta ocasión participé en una constelación tribal dirigida por Daan en la que estaban implicados algunos judíos de los campos de exterminio nazis. Fue necesario armar tres generaciones para que las personas que realizaban la constelación pudieran perdonar a los perpetradores.
Los enfrentamientos armados dejan una gran fractura en el imaginario colectivo. Cuando un país sufre una guerra civil, este desgarro se transmite de generación en generación y termina por reflejarse en su forma de organización social y política. Entonces la sociedad permanece dividida y hasta cierto punto, enfrentada.
Para que las personas puedan liberarse de la carga ideológica y sean capaces de convivir en armonía, es necesario que liberen su dolor interno (tanto el suyo propio como el que arrastran de su linaje de sangre).
El recordador espiritual argentino Matías de Estéfano afirma que, en estos momentos de transición planetaria, muchas almas se están encarnando en «bandos contrarios». Por ejemplo, un conquistador español del siglo XIX puede llegar a una familia indígena sudamericana o un antiguo monje tibetano, a una china. El objetivo no es otro que el de facilitar el reencuentro y avanzar en la creación de una nueva humanidad basada en el amor como fuerza impulsora.
La muerte tiene dos caras: la del que se va y la del que se queda. En ambos casos puede haber heridas que es necesario reparar.





