En cierta ocasión, un agricultor africano hirió de muerte a un elefante. Cuando el animal expiró, los indígenas de la plantación cogieron la carne y arrojaron su esqueleto a un vertedero, a un par de kilómetros de distancia. A la mañana siguiente se presentó un grupo de elefantes de la manada del muerto, tomaron los huesos con sus colmillos y los llevaron en procesión hasta el sitio en el que había caído el día anterior. Los depositaron en el suelo y estuvieron honrando a su compañero durante varias horas.

Todas las culturas del planeta hablan de la muerte como una transición y se preparan para ella. No hay excepciones.

Incluso los animales cercanos a nosotros practican rituales funerarios. La primatóloga Jane Goodall afirma haber observado a varias hembras de chimpancé transportando los cadáveres de sus crías durante días e incluso semanas.

Reacciones similares se han visto en otros animales, como los delfines o las orcas. En la Universidad de California se ha comprobado que los pájaros blue jay avisan de la muerte de algún congénere mediante gritos agudos. De esta forma, defienden su cuerpo de los depredadores. Las urracas y los cuervos también realizan un ritual. Rodean al cadáver, graznan y le tocan con el pico. Los perros, en ocasiones, permanecen postrados durante días en la tumba de sus dueños fallecidos. Por su parte, entre las abejas y las hormigas es muy común retirar los cadáveres de sus colonias. Este comportamiento se conoce con el nombre de necroféresis.

En nuestra especie, las ceremonias funerarias se remontan al hombre de Neandertal, hace más de trescientos cincuenta mil años. Nuestros antepasados solían enterrar a sus muertos en posición fetal. Los pintaban con ocre rojo y situaban la cabeza hacia el Oeste y los pies hacia el Este.

En sus tumbas ponían algunos de sus utensilios personales, plantas medicinales, animales, flores… Se piensa que esta disposición se realizaba para facilitar que el difunto renaciera en otra vida.

La principal función de un rito fúnebre consiste en preparar al muerto para su viaje y consolar a los familiares por la pérdida de un ser querido. También sirve para facilitar que el alma del que se va siga su camino de ascensión y, al mismo tiempo, permanezca ligada a los que se quedan. De esta forma se evita que el natural florecimiento de la vida se vea interrumpido.

El chamán holandés Daan Kampenhout afirma que las almas que no son plenamente conscientes de su partida y que se quedan apegadas al mundo de los vivos influyen y limitan las experiencias vitales de estos últimos. Al mismo tiempo, los que se quedan pueden tener grandes dificultades para separarse del difunto

Después de una muerte inesperada, la brecha no se llena con las imágenes de los buenos tiempos, sino que permanece vacía. Hay una magulladura en el alma. Pocas veces se mira la brecha directamente de frente y nunca desaparece.

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Javier Revuelta

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