Otro de los elementos que ofrece argumentos en favor de la Teoría de la Evolución de las Especies son los fósiles transicionales. Estas reliquias reflejan características intermedias entre unas especies y otras. Uno de los más conocidos es el Archaeopterix. Fue descubierto en Alemania en 1861 y muestra un ave con una cola larga y dientes de reptil. Estos fósiles no son muy abundantes, pero permiten reconstruir la historia de muchos grupos de especies animales y vegetales.
Además están los llamados fósiles vivientes, es decir, especies de animales y plantas que han sobrevivido durante grandes periodos de tiempo e incluso eras geológicas. Estos legendarios seres ofrecen una información muy valiosa sobre las características de la vida en aquellos tiempos. Algunos como la iguana rosada, el estromatolito, el okapi, la metasecuoya, el pelícano o el cocodrilo son muy conocidos.
Otro sistema de verificación lo encontramos en las pruebas embriológicas. En el estudio de las primeras etapas de la vida se observa cómo muchas estructuras orgánicas son comunes o muy similares para especies completamente distintas. Posteriormente, a medida que el individuo crece, estas estructuras desaparecen o se especializan. El paleontólogo norteamericano John Maisey asegura que existen formas embrionarias de carácter universal:
«En el desarrollo de todos los vertebrados hay un tipo muy especializado de tejido neuronal que se forma durante la etapa embrionaria y que se denomina cresta neural. Estas células se convierten en nuestra espina dorsal […]; es un nivel muy básico de organización estructural que tiene una edad aproximada de cuatrocientos cin- cuenta millones de años».
Finalmente tenemos las pruebas bioquímicas y las genéticas, que también son avales muy robustos en favor del evolucionismo. La similitud del material genético entre especies o la presencia de aminoácidos, proteínas y procesos bioquímicos sorprende por su universalidad. El biofísico norteamericano Harold Morowitz ha investigado durante más de cincuenta años los orígenes de la vida:
«La bioquímica que tiene lugar en nuestro interior sigue un procedimiento muy ordenado con ciertos ciclos energéticos. […]. El ciclo del ácido cítrico [o ciclo de Krebs, que le valió a este el Premio Nobel] se encuentra en todo. Toda célula de todo organismo vivo tiene en su totalidad o en parte un ciclo de ácido cítrico funcionando».
La Teoría de la Selección Natural de Charles Darwin ha sido confirmada por numerosas pruebas procedentes de muy diversas ramas de la ciencia. Tal y como afirma el etólogo austríaco y Premio Nobel de Medicina en 1973 Konrad Lorenz, en la historia del saber humano nunca ha existido una teoría que haya sido tan expuesta a tantas verificaciones independientes como la de Darwin.
Resumiendo la Teoría de la Selección Natural de Darwin es cierta.





