Muchos siguen viendo en la ciencia la panacea a los grandes desafíos que tiene planteada la humanidad. Creen que el método científico es una especie de salvaguarda para la eternidad y lo esgrimen como un referente de carácter irrefutable.
En la actualidad, nadie duda de su utilidad, pero creer que es una fórmula infalible es algo así como seguir afirmando que la Tierra es cuadrada o que el sol gira a nuestro alrededor.
La idea de que es el único argumento con autoridad a la hora de reconocer la verdad se viene cuestionando desde principios del siglo XX. La cuestión es que no todo se puede explicar partiendo de un supuesto teórico. La verdad no solo se encuentra a partir de una hipótesis que es verificada por algún sistema de medida.
Por un lado, el progreso de la ciencia ha demostrado que las leyes que se deducen aplicando el método científico están llenas de excepciones. La naturaleza no es un sistema cerrado y su evolución está sujeta al devenir del acontecer. Esto quiere decir que, si cambian algunas variables, las leyes que hoy damos por ciertas, mañana pueden dejar de serlo.
Por ejemplo, la hipótesis de que un antibiótico cure una enfermedad puede ser cierta a dos años vista, pero falsa al cabo de cinco. Por otra parte, la verdad también se encuentra en la observación atenta de la realidad misma. No hace falta plantear ninguna hipótesis de partida. Una ley científica puede inducirse a partir de la mera observación de los hechos.
Por ejemplo, si cada vez que un adulto refuerza a un niño, este mejora su rendimiento, se puede concluir que las expectativas positivas que se depositan en los niños mejoran su educación. Ni que decir tiene que ambos enfoques son complementarios y que ninguno es superior al otro. De hecho, si queremos hacer ciencia de verdad, necesitamos los dos.
El sociólogo español Salvador Giner afirma que muchas personas se aferran a la ciencia como si fuera un dogma y esperan milagros de su práctica. El fenómeno del cientificismo es muy común en nuestra sociedad porque las personas necesitamos referencias que nos permitan sentirnos seguras.
Lo paradójico de este asunto es que todos aquellos que se aferran al método científico dicen actuar en nombre de la razón cuando, en realidad, lo hacen en el de la superstición. Detrás de su lógica, lo que hay es mucho miedo a la incertidumbre. Rechazan todo lo que no se ajusta a sus creencias, tachándolo de pseudocientífico o esotérico, pero ellos mismos actúan de forma irracional y se dejan llevar por un pensamiento mágico religioso.
En este sentido, hay que admitir que el encuentro con la verdad que nos proporciona la ciencia no puede supeditarse a un sistema de medida. Si lo hiciéramos, estaríamos reduciendo el saber humano al conocimiento tecnológico y nos convertiríamos en seres dependientes de las máquinas.





