Cuando un paradigma forma parte del imaginario colectivo, se refuerza y se retroalimenta de forma constante.
Veamos un ejemplo. Entre 1945 y 1960, el pesticida DDT fue venerado como la solución a todos los problemas que tenía planteada la humanidad. En Estados Unidos se produjo una especie de éxtasis colectivo. La gente pensó que por fin nos habíamos librado de las amenazas procedentes de una naturaleza hostil y peligrosa.
Animados ante la idea de que era inofensivo, se aplicó de forma masiva e indiscriminada. Se usó para desinfectar a los soldados en la II Guerra Mundial y para fumigar extensiones enormes de terrenos destinados a la agricultura o a la explotación forestal, piscinas, colegios, pueblos, ciudades enteras… Las imágenes de archivo son impresionantes.
En 1957, su venta y su uso no estaban limitados y el ciudadano podía elegir entre más de seis mil productos distintos impregnados con él (pintura, papel de cocina, insecticida, fumigadores de jardín…). La confianza en sus bondades era tan ciega que incluso algunas personas lo ingerían a cucharadas para demostrar que era inocuo. En la Guerra Fría, el gobierno lo utilizó para promover la salud a nivel mundial y lograr ventaja sobre sus adversarios.
A medida que fue pasando el tiempo, se empezó a comprobar que los insectos se hacían cada vez más resistentes a él y que sus efectos sobre la cadena alimenticia eran devastadores. En 1972 se prohibió su uso y en la actualidad está considerado como un producto químico peligroso para la salud y el medio ambiente.
Este paradigma estaba sostenido por otro más genérico que afirma que la ciencia y la tecnología tienen poder para dominar la naturaleza. A su vez, esta idea se basa en otra más abstracta aún: la materia es la realidad básica.
De acuerdo con estos supuestos, en lugar de actuar a favor de la vida, lo que tenemos que hacer es someterla. De esta forma, se llega a pensar que somos superiores a los animales, a las plantas, a los minerales e incluso a otros seres humanos. Sin embargo, las cosas no funcionan de esta manera. Si desapareciesen los insectos de la faz de la Tierra, en unos meses nos habríamos extinguido como especie. Formamos parte del entramado de la vida y no somos superiores a nada ni a nadie. Si piensas lo contrario es porque estás influido por una falsa creencia que te mantiene separado de tu esencia. En otras palabras, has perdido el rumbo y no sabes adónde vas.
La idea de que podemos controlar el entorno y someterlo a los dictámenes de la razón se remonta al siglo XVI. Es un supuesto que nace a partir de la razón ilustrada. Aunque la ciencia ya ha demostrado que la realidad básica es la conciencia y no la materia, esta idea sigue vigente. De hecho, es un ejemplo de cómo un sistema de creencias obsoleto permanece en el imaginario colectivo y condiciona la conducta de las personas.





