A la hora de encarnarnos, creamos una placenta etérica. Es como una cámara de descompresión que nos protege de cualquier influencia externa que no venga de nuestra madre. Con el tiempo, este campo de energía se convierte en el aura, es decir, en la matriz energética a partir de la cual se gesta el cuerpo físico.

En el momento de la concepción se produce un primer atisbo de conciencia y se establece una primera relación energética con el cuerpo que vamos a habitar. A partir de ese momento, somos atraídos de forma gradual hacia él.

Este arrastre es parecido a un torbellino que nos succiona por la parte superior de la cabeza, concretamente por la fontanela. Esta palabra procede del latín fontanella y significa ‘ventana pequeña’. En los niños se aprecia como una separación de los huesos craneales y perdura hasta los doce o los dieciocho meses. Además de ser el lugar por el que el alma entra en el cuerpo, tiene la función de facilitar el nacimiento y evitar que el cerebro se dañe. Gracias a ella, los huesos se pueden superponer y el bebé atraviesa con más facilidad el canal del parto.

En el proceso de encarnación, a medida que el alma se familiariza con la realidad física de la que va a formar parte, se va alejando de la esfera astral.

Llegado un momento, pierde la conciencia de esta dimensión etérica y entra por completo en el feto. Cuando despierta de nuevo, se produce un destello de energía y el embrión que se está gestando da las primeras señales de vida.

De acuerdo con el testimonio de los canalizadores franceses A. y D. Meurois-Givaudan, el proceso de encarnación es imponente y, hasta cierto punto, traumático para el alma.

Al adentrarnos en una realidad densa y en cierta medida desconocida, la seguridad en la que vivimos va desapareciendo de forma paulatina. Perdemos la libertad de movimiento y creación propios de la esfera astral y la sensación de estar retenidos o atrapados en un cuerpo material se va intensificando poco a poco.

Esta sensación es especialmente aguda cuando el alma entra en el sistema óseo. En cualquier caso, el proceso es vivido como una especie de «asfixia». A veces, el rechazo que siente el alma es tan grande que algunas se retractan de sus intenciones y abandonan el cuerpo que tenían pensado habitar. En este caso, se produce un aborto espontáneo.

La sensación de confinamiento y pérdida de libertad perdura a lo largo de toda la vida. ¿Quién no ha querido echar a volar alguna vez? Sin embargo, es especialmente sentida en los niños recién nacidos y en la primera infancia. De hecho, es una de las razones por las que los bebés lloran desconsoladamente sin que nada los pueda calmar. En los niños pequeños, este anhelo de libertad se puede apreciar cuando se ponen furiosos sin que haya un motivo visible o en el entusiasmo que muestran si un adulto los lleva en volandas.

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Javier Revuelta

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