Desde hace décadas se acepta que el origen y la evolución de la vida no pueden explicarse en su totalidad mediante un proceso de selección natural. Sin embargo, este tampoco puede negarse. Por tanto, la idea de que hay una inteligencia superior que lo crea todo desde cero no se sostiene. La razón es muy sencilla: existen factores intermedios.
Entonces, ¿cómo se crea y evoluciona la vida?
A mi modo de ver, la forma más ventajosa de esclarecer este atractivo enigma es aceptando que, de forma paralela a un desarrollo natural, condicionado por la naturaleza del medio y la del organismo, existen infinidad de seres dotados de conciencia y que todos ellos están participando en la evolución del universo.
Digamos que tenemos el trabajo repartido entre todos y que disponemos de cierto margen o libre albedrio para decidir lo que deseamos hacer en este proceso.
Para comprender esta idea resulta útil imaginar que la conciencia es multidimensional y que, por ello, actúa en diferentes escalas. A medida que nos movemos hacia el origen de la creación, la escala es mayor. Si seguimos ascendiendo, nos encontramos con la unidad de la que procedemos, es decir, con el principio creador original. Este principio se conoce en todo el mundo con el nombre genérico de Dios.
En términos generales, Dios es la totalidad y representa un lugar de emanación desde el cual brota la energía pura del amor. Muchas culturas del mundo mencionan la existencia de un flujo incesante de energía extremadamente poderoso cuya función es mantener el orden y el equilibrio en el cosmos.
Los taoístas lo llaman Tao; los budistas, Avatamsaka; los hinduistas, Brahman; los cristianos hablan del Aliento o de la Gracia de Dios; los antiguos romanos, de Sacer…
La escritora norteamericana Sharon Salzberg lo expresa con mucha belleza:
«Liberado de la rigidez de los conceptos, el mundo se vuelve transparente y se ilumina, como alumbrado desde el interior. Cuando se comprende esto, la interdependencia de todo lo que vive se convierte en una evidencia. Vemos que nada está paralizado o separado del resto y que estamos en ósmosis con la sustancia misma de la vida. De este sentimiento de unión surgen el amor y la compasión».
La ciencia no contradice esta idea, pues acepta que el universo se creó a partir de una explosión única: el Big Bang.





