Otro aspecto a tener en cuenta es que el movimiento de esta energía primaria no es azaroso. El amor necesita de una cierta estructura para manifestarse.

Sabemos que la vida se expresa de acuerdo con ciclos espaciotemporales y que se organiza a través de un sistema geométrico que evoluciona desde lo más sencillo hacia lo más complejo.

Lo que hace esta geometría es producir límites. Si no existiera el orden, el amor sería una energía caótica y no se crearía nada estable. En la dimensión física en la que vivimos nosotros, estos límites son muy férreos, tanto a nivel espacial como temporal. Una prueba evidente es que no podemos volar, atravesar paredes ni vivir eternamente.

Lo prodigioso es que la geometría que organiza el movimiento del amor es la misma a escala astronómica e infinitesimal. A pesar de que la ciencia no disponga aún de una teoría que unifique la física cuántica (que explica cómo se comportan las partículas diminutas) con la Teoría de la Relatividad (que hace lo propio con la realidad astronómica), la estructura de los átomos, de las moléculas o de las células es semejante a la de los planetas, las estrellas y las galaxias.

El astrónomo británico Fred Hoyle afirma que nuestra experiencia diaria está tan relacionada con las grandes formas del universo que es casi imposible observarla de forma separada. La única diferencia sería la escala y la vibración en la que se manifiestan los sucesos.

En el cosmos, los patrones geométricos se repiten de forma constante en infinidad de estructuras y formas de vida. Hace dos mil quinientos años, Platón afirmó que el mundo material está formado a partir de cinco estructuras (tetraedro, hexaedro, octaedro, dodecaedro e icosaedro). Se conocen con el nombre de sólidos platónicos y hasta 1980 nadie les dio mucho crédito. Sin embargo, en esa fecha, el físico estadounidense Robert James reveló que la tabla periódica de los elementos se organiza sobre la base de estas cinco formas geométricas.

En el siglo xvi, el astrónomo y matemático alemán Johannes Kepler demostró que el movimiento de los planetas responde a una trazabilidad geométrica en la que predominan el hexágono y el pentágono. Por su parte, el físico teórico austriaco Fritjof Capra afirma que el universo se encuentra engranado en una danza cósmica de energía en la que podemos encontrar pautas rítmicas ordenadas y definidas.

En la naturaleza, estos arquetipos están presentes por todas partes. Forman patrones como el de la ramificación, que se encuentra en los árboles, el sistema nervioso, los meandros de los ríos, los rayos, los corales marinos, el esqueleto, las tierras desérticas, los pulmones, la red neuronal, el sistema circulatorio, etc.; el de la simetría, que está en el cuerpo de cualquier animal, en las hojas de los árboles, en las galaxias, los planetas, etc., y lo mismo sucede con el patrón radial o circular.

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Javier Revuelta

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