En el cristianismo, por su parte, también está muy arraigada la idea de que hay que resignarse ante el dolor para que otros sean felices. Uno de los símbolos que mejor la transmiten es el crucifijo.
Para los cristianos originales, la representación de Jesús era la de un pastor (un maestro o un guía). No obstante, a partir del siglo V los lugares de culto empezaron a llenarse de crucifijos y con el tiempo estos llegaron a las casas, las escuelas, los ayuntamientos…
Los símbolos son poderosos porque evocan y potencian sistemas de creencias que pertenecen al imaginario colectivo. De esta forma, la presencia de un mártir salvador de la humanidad alimenta un sentimiento generalizado de culpa y simplifica el ejercicio del poder de la Iglesia sobre sus fieles.
En cualquier caso, las personas que están interesadas en su desarrollo personal y portan o exhiben crucifijos deberían preguntarse por el significado que le dan a la palabra sacrificio y asegurarse de que al utilizarlos no experimentan emociones perturbadoras como la tristeza, la ira o la culpa.
Por otro lado, cabe preguntarse si un hombre martirizado es el mejor exponente del mensaje que trajo Jesús a la humanidad. De acuerdo con los textos oficiales y privados que relatan su vida, él dominaba a la perfección los planos físicos y etéricos, así que es más que probable que su muerte fuera una elección propia que se correspondía con el camino de su alma.
A nosotros nos cuesta mucho trabajo pensar que alguien pueda elegir una muerte tan horrible, pero ¿quién puede ponerse en la piel de un hombre tan extraordinario?
En cualquier caso, yo diría que su intención no fue que nos sintiéramos culpables, sino más bien responsables de nuestros actos y compasivos con los demás. Jesús ancló la energía del amor sobre la Tierra y elevó la conciencia de la humanidad. También nos anunció nuestra condición humana (ser uno y únicos al mismo tiempo) y nos dijo que, si deseamos ayudar a otros seres, es imprescindible que nos amemos a nosotros mismos.
Sin embargo, lo que muchas personas hacen al consagrarse a los demás es olvidarse de sí mismas y «cargar con la cruz» de su propio abandono.
Creen estar haciendo lo correcto porque han sido educadas en esta doctrina, pero su actitud genera sufrimiento y en ocasiones es la causa de conflictos en sus relaciones. La idea de sufrir para que otros vivan mejor es una creencia muy arraigada en nuestra sociedad. Se acepta como un gesto de nobleza y bondad o incluso como un deber, especialmente si se trata de los hijos.
Ayudar o proteger a otros es algo muy valioso, pero hacerlo con resignación no es saludable. Como afirma la pintora surrealista mexicana Frida Kahlo:
«Amurallar el propio sufrimiento es arriesgarte a que te devore desde el interior».





