Muchas veces sentimos un odio feroz o el deseo de aniquilar a alguien que nos ha perjudicado o nos ha hecho daño. En estas situaciones podemos llegar a afirmar cosas como: «te mataría», «vete al infierno», «muérete»… Este impulso destructivo nos sale incluso en presencia de nuestros seres más queridos.
Recuerdo a una mujer que padecía estrés crónico y ataques de ira. Cuando vino a verme, le pedí que identificara los estímulos que provocaban su malestar. Se quedó pensando un par de segundos, levantó la mirada y dijo llena de cólera: «¡Mi hijo pequeño, le estrangularía!».
Cuando hacemos de la ira nuestro estilo de vida, el ser destructivo se apodera completamente de nuestra personalidad y el resultado puede ser muy dañino. Sigmund Freud se refiere a esta parte de la psique como una pulsión de muerte, es decir, un impulso que es contrario a la vida y a todas luces nocivo. El odio, la envidia, la ira, el rencor, la codicia, la desconfianza, los celos, la soberbia… son emociones características de este aspecto de nuestro ser.
Todos llevamos un ser destructivo en nuestro interior. Es un monstruo al que le gusta alimentarse del miedo y el dolor de los demás. Se deleita con el placer negativo. Solo piensa en sí mismo, se cree superior a otros seres y se comporta de forma vengativa, cruel, caprichosa, tiránica, impaciente…
Aunque vive la ilusión de ser autónomo, se encuentra dominado por emociones que escapan a su control y es mediatizado continuamente por entidades del bajo astral. Sabe que el dolor emocional y psíquico existe, pero no está dispuesto a experimentarlos. En este sentido, es más honesto que la máscara, que trata de negarlo.
Su principal característica es que está completamente separado de su esencia, es decir, no quiere saber nada del amor. Esta actitud le provoca una gran resistencia a unirse a otras personas o a la naturaleza y hace que se muestre violento y a la defensiva. De hecho, no admite el cambio y trata de destruir todo aquello que sea portador de luz y conciencia. La sanadora norteamericana Barbara Brennan lo define de la siguiente forma:
El ser inferior no niega la negatividad sino que la disfruta. Tiene la intención de gozar del placer negativo (…) No finge ser bueno, porque no lo es. Impone sus intereses y no se anda con rodeos.





